¿Por qué seguía aquí? La pequeña diablesa no lo miraba, y era evidente que había decidido no provocarlo más.

Al menos esa noche.

No estaba seguro de que ella se hubiera dado por vencida. Era tan testaruda y decidida como Thea, y mucho más resuelta. Lo mejor sería marcharse de Montdhu durante una temporada. Quizá a su regreso ella le diera lo que él quería.

A lo mejor tiraba por la borda esa detestable prudencia y se olvidaba de todo menos de llevársela a la cama. ¿Por qué no hacerlo ahora? No debería darle tanta importancia. Nada era perfecto. Su vida había estado llena de compromisos. Se había criado en las calles de Damasco, el hijo bastardo de un franco que había tomado a su madre armenia y la abandonó a su suerte y encinta. Había satisfecho todo tipo de infamias y oscuros placeres, desde los burdeles de Damasco hasta la banda de asesinos capitaneada por Sinan, el Anciano de la Montaña.

Sabía todo sobre la obscenidad, la muerte y los escasos preciosos momentos que hacen que la vida valga la pena.

Entonces Selene entró en su vida, era solo una niña, pero lo tocó en el corazón, atándolo y frenando obstinadamente la oscuridad. Era un regalo más allá de lo que jamás había esperado poseer. Debería aceptar lo que Selene le daba y conformarse. Pero, maldita sea, quería tener por lo menos una cosa intachable en su vida.

Ella se había parado bajo una antorcha; le brillaba el cabello bajo la luz parpadeante. Nunca tendría la belleza de Thea, pero su espíritu iluminaba ese ahumado salón más que mil antorchas. Deseaba calentarse las manos en ese fuego, abrazarla, enseñarla…

Dios, se estaba excitando con solo mirarla.

No podía aguantar más. Cruzaría el salón y le tendería la mano, la sacaría de aquel lugar y le haría…

Murmuró una maldición y salió a grandes zancadas del salón.



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