
Ella frunció el ceño.
– ¿Tienes noticias de Tierra Santa?
Él negó con la cabeza.
– Pero la situación es delicada, Thea. Hemos tenido suerte de tener estos años para prepararnos.
Ware todavía miraba a sus espaldas, pensó Thea con tristeza. En realidad, ¿quién podía culparlo? Habían huido de la ira de los Templarios para refugiarse en esta tierra, y si los caballeros descubrían que Ware no estaba muerto, como pensaban, serían implacables en su persecución. Ware y Thea se habían librado por poco de ser capturados antes de iniciar su viaje. Fue Kadar quien negoció con Sinan, el cabeza de los asesinos, para que les prestaran un barco y así poder viajar a Escocia. Pero eso formaba parte del pasado, y Thea no quería que Ware estuviera de mal humor esa noche en la que había tanto que celebrar.
– No es que tengamos suerte, es que somos inteligentes. Y los Templarios son increíblemente estúpidos si piensan que tú los traicionarías. Me enervo cada vez que lo pienso. Ahora bébete el vino y disfruta de la velada. Hemos construido una nueva vida y todo está en orden.
El levantó su copa.
– ¿Entonces por qué dejas que te afecte el hecho de que tu hermana esté sonriendo coqueta a lord Douglas?
– Porque Kadar no ha dejado de mirarla ni un solo momento en toda la noche. -Volvió la mirada hacia su hermana. El vestido de seda oro pálido de Selene le daba reflejos de fuego a su cabello pelirrojo oscuro, y sus ojos verdes brillaban con viveza… y temeridad. La pequeña diablesa sabía perfectamente lo que hacía, pensó Thea enfadada. Selene era impulsiva a veces, pero éste no era el caso. Todas y cada una de sus acciones esa noche tenían la intención de provocar a Kadar-. Y no he invitado a todo el mundo a ver tu espléndido castillo para que ella los exponga al caos.
– Díselo. Selene te quiere. No querrá que te pongas triste.
– Lo haré, -Se levantó y atravesó el salón hacia la gran chimenea, ante la cual Selene tenía su corte. Ware tenía razón: Selene podía ser obstinada, pero tenía buen corazón.
