Jamás haría daño a ninguno de los que amaba. Thea no tenía más que enfrentarse a su hermana, expresarle su consternación, y el problema estaría resuelto.

Quizá.

– No la detengas, Thea.

Miró sobre su hombro y vio a Kadar tras ella. Hacía unos segundos estaba apoyado en el pilar más distante, aunque ya estaba acostumbrada a sus silenciosos movimientos.

– ¿Detenerla? -Sonrió-. No sé qué quieres decir.

– No me mientas. -Los labios de Kadar se endurecieron-. Esta noche no estoy humor para disimulos. -La cogió por el brazo y la llevó hasta un rincón del salón-. Además, nunca lo has hecho bien. Tienes la desgracia de tener un corazón puro y honesto.

– Y yo supongo que eres el diablo en persona.

Él sonrió.

– Solo un discípulo.

– Tonterías.

– Bueno, quizá medio diablo solamente. Nunca he podido convencerte de que soy un pecador. Jamás has querido ver ese lado mío.

– Tú eres amable y generoso y nuestro amigo más querido.

– Ah, sí, lo que prueba el buen juicio que tienes.

– Y arrogante, testarudo y sin sentido de la humildad.

Él inclinó la cabeza.

– Pero tengo la virtud de la paciencia, mi señora, lo que debería compensar mis otros defectos.

– Deja de burlarte. -Se volvió para mirarlo-. Tú estás enfadado con Selene.

– ¿De veras?

– Sabes que sí. Has estado vigilándola toda la noche.

– Y tú has estado vigilándome a mí. -Levantó un lado de la boca con una media sonrisa-. Me preguntaba si habías decidido atacarme a mí o a Selene.

– No tengo intención alguna de atacar a nadie. -Lo miró directamente a los ojos-¿Y tú?

– No de momento. Te acabo de decir lo paciente que soy.

Se sintió aliviada.



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