El anfitrión quedó un rato en silencio, pensando. Era obvio que le torturaba la idea de que su amada estuviera en aquel mismo momento ardiendo en el infierno.

Entonces Rodrigo Arriaga se levantó, abrió la puerta y ordenó a su ama que preparara algo de cena. Después volvió a la mesa y tras servirse un buen vaso de vino dijo:

– ¿De qué se trata?

Milites Templi

La Eufrasia entró en la estancia sirviendo un capón asado con verduras cuyo aroma hizo estremecer el malparado estómago de Silvio de Agrigento. Una vez que la sirvienta salió de la estancia, el anfitrión hizo los honores y el cura comenzó a hablar entre bocado y bocado:

– ¿Sabéis qué es el Temple? -preguntó.

– Pues claro, es una orden militar. Goza del favor del pueblo, los he visto en la tierra de mi madre, el Languedoc, donde han conseguido muchas adhesiones en poco tiempo, la verdad.

– Sí, han progresado mucho en apenas veinte años. ¿No conocéis a ningún templario?

– No, no conozco a ninguno personalmente.

– ¿Os suena el nombre de Jean de Rossal?

– Claro -respondió sonriente Arriaga-, fue mi compañero de estudios. Crecimos juntos.

– ¿Habéis mantenido contacto durante todos estos años?

– Sí, hasta que tuve que esconderme. Nos escribíamos a veces y en una ocasión vino a verme a las tierras de mi padre. Hace tiempo que le perdí la pista.

– Bien, bien. Eso está bien.

– ¿Qué ha hecho mi buen amigo que importuna a la Iglesia?



16 из 236