
– Él, nada. Su padre, Jacques de Rossal, de Flandes, es uno de los nueve caballeros que fundaron la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, los templarios.
– Que hace unos años vuestro amigo profesó en dicha milicia. Está al mando de una pequeña encomienda no muy lejos de París. Vuestra cercanía a él nos puede resultar extremadamente útil.
– Vaya, cuando era joven era bastante mundano. Me sorprende. No me lo imagino como un monje guerrero de costumbres ascéticas.
– No creáis todo lo que se dice sobre los caballeros templarios.
– Parece que no les queréis bien.
– No tengo nada en contra de ellos.
– Salvo…
– Salvo que es muy probable que mi señor, el cardenal Garesi, termine siendo Papa. Eso sucederá cuando Nuestro Sagrado Hacedor llame a su lado a nuestro querido Inocencio, claro, pero para ello se hace necesario que se cumpla un pequeño detalle.
Un silencio se hizo entre los dos hombres.
– Y bien, ¿cuál es? -dijo el aragonés.
– Que la Santa Madre Iglesia siga existiendo.
– ¡¿Cómo?!
– Oís bien. Nos tememos que una oscura conspiración se cierne sobre la Obra de Dios.
– ¿Y pensáis que los templarios…? -Silvio de Agrigento asintió-. No digáis tonterías, dómine. Nuestra Iglesia ha pervivido durante mil cien años, sobrevivió a la persecución de los césares, al fin del milenio, a las ansias del emperador de Germania y de los reyes de Francia. ¿Cómo van los templarios a amenazar su continuidad?
– El asunto es serio. Escuchad con atención.
Arriaga sirvió dos vasos de vino y aguardó expectante a que su interlocutor comenzara a hablar.
– Desde hace un tiempo hemos venido notando movimientos un tanto… extraños. Mirad, hacia el año 1120, nueve caballeros fundaron el Temple de Jerusalén.
– ¿Y?
– Que lo hicieron al amparo del monarca de dicha ciudad, Balduino II, y éste los alojó en sus propios aposentos, en una parte de la mezquita de al-Aqsa, en lo que anteriormente fue el Templo de Salomón, de ahí que se les llame templarios. Allí hay unas caballerizas enormes bajo las cuales deben de estar las ruinas del templo de los judíos. Oficialmente, su propósito era proteger a los peregrinos de Tierra Santa, vigilar los caminos y defender a los necesitados de los ataques de esos malditos musulmanes, a los que Dios confunda.
