
Benasque, a 3 de marzo del Año
de Nuestro Señor de 1140
A la atención del reverendísimo e ilustrísimo
Lucca Garesi, de parte de su secretario
y servidor en Cristo Silvio de Agrigento
Admirado y queridísimo padre:
Acabo de llegar al inhóspito lugar al que me trajo la misión que me encomendasteis hace tres meses. No quisiera extenderme en la narración de las penalidades que hemos sufrido en nuestro viaje hasta este pequeño pueblo perdido entre inaccesibles montañas, pero debo hacer constar que el retraso que sufre la misión es ajeno a mi persona y se debe, en su totalidad, al crudo invierno que asola estas tierras.
Hace apenas unos días que arribamos a este pequeño pueblecito donde reside nuestro hombre y que los lugareños llaman Benasque o Benás.
El camino hasta aquí ha sido penoso, ya que nos hemos visto obligados a perder jornadas y jornadas buscando refugio en ésta o aquélla posada o en algún granero o casucha de los paisanos, pues, según dicen, este está siendo el invierno más duro de los últimos años. Después de pasar por Jaca y entrevistarme con Su Majestad el rey Ramiro de Aragón -ya os envié misiva referente a dicho encuentro- y siguiendo vuestras sabias instrucciones, prescindí de la escolta armada que me acompañaba y reduje mi comitiva a mi criado, el fiel Tomás; un caballerizo que nos cuida las monturas, Arrigo, y el bravo sargento de vuestra guardia, Giovanno de Trieste. Todos vestimos ropas seglares para pasar inadvertidos, aunque luego haré una aclaración al respecto.
No sé si es debido a que me crié en la cálida Silicia, pero desde el primer momento me resultó trabajoso avanzar por estos valles aislados con la sempiterna presencia de la nieve, el granizo o la lluvia. Las últimas jornadas se me hicieron especialmente duras, pues el camino transcurre por un encajado cañón por el que fluye el río Ésera.
