Este pasaje, apenas un estrecho sendero excavado en la piedra, es el único acceso al valle en el que se sitúa nuestro destino, de manera que nuestro avance sobre dicho lecho rocoso enteramente cubierto de hielo se hizo lento y arduo. Hasta perdimos una mula que resbaló y cayó al río con uno de mis arcones. Aún recuerdo los berridos de la pobre bestia en el lecho pedregoso del arroyo donde yacía con las dos patas traseras fracturadas. Los guías tardaron varias horas en recuperar mis humildes pertenencias; la mayoría de ellas quedaron mojadas o estropeadas para siempre.

Raro era el día en que podíamos caminar sin tener que refugiarnos aquí o allá según las instrucciones de nuestros guías. Por poner un ejemplo, perdimos más de seis jornadas en un pueblo cercano a Benasque que llaman El Run, donde nos sorprendió una nevada que hubiera hecho desesperar al más paciente de los cristianos. En otra ocasión, el penoso paso de las bestias entre la nieve nos hizo perder tanto tiempo que cayó la noche y aún nos hallábamos a más de una legua del cobertizo que hacía las veces de posada. Pasamos la madrugada bajo unos inmensos abetos sin poder hacer fuego por el viento y, a resultas de aquello, mi querido Tomás cogió tal pulmonía con fiebre y flemas que perdimos más de una semana esperando a que se recuperara en el pueblo siguiente. Allí, bajo los cuidados y tisanas de la posadera, que supo hacerle sudar aquellos malos humores, pudo recuperarse con garantías de seguir el camino. A pesar de ello, aún arrastra una tos que, espero, mejore en primavera.

Hace ahora cinco jornadas de mi llegada a este pequeño pueblo donde, nada más entrar, nos sorprendió una profusa nevada. Sólo hay una posada donde nos refugiamos y nos pusimos al día con los parroquianos, que nos vieron como una novedad en su rutinaria vida invernal. El posadero me cedió su propio cuarto, donde comparto un aceptable lecho con Tomás. Disponemos de un arcón para guardar nuestros ropajes y de un brasero que nos permite pasar las frías noches.



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