– Estáis aislado aquí arriba. ¿De dónde sacáis esa idea? -repuso Silvio de Agrigento.

– Aquí lo sabemos todo. Matías va y viene al pueblo, se encuentra a otros vecinos… en fin, que aquí todo se sabe. La llegada de tan ilustres viajeros no pasa desapercibida en un pueblecito como éste. Además, en esta época del año poco más podemos hacer que cuidar del ganado resguardado en los establos y echar unos vinos con los vecinos. Cotillear, ya sabe vuecencia.

– No sois hombre sociable en demasía.

– Sí, sé que habéis hecho preguntas sobre mí. Digamos que vivo y dejo vivir.

Silvio de Agrigento se sintió en desventaja al comprobar que había perdido el factor sorpresa. Entonces, miró a sus dos sirvientes y dijo:

– Dejadnos a solas.

Los dos hombres salieron de la estancia intercambiando miradas de recelo.

Pier de Cernay hizo un gesto con la testa a su ama, que salió del cuarto acompañada por Matías, su marido.

Otro embarazoso silencio.

Los dos hombres se miraron a la cara como estudiándose mutuamente. El de Agrigento leyó cierto temor en el rostro de su adversario.

– La Santa Madre Iglesia os necesita -dijo de golpe.

Pier estalló en una violenta carcajada. Después de echar un trago de vino contestó:

– ¿A mí, a un pequeño e insignificante propietario de cuatro tierras perdidas en mitad de los Pirineos?

– Sois Rodrigo Arriaga.

Antes de que el clérigo hubiera terminado de pronunciar esas palabras, su interlocutor había saltado por encima de la mesa lanzándose sobre él y derribándolo de su silla.

Cuando quiso darse cuenta, Silvio de Agrigento estaba inmovilizado bajo el cuerpo de su agresor y sentía el frío acero de una daga en el gaznate. Apenas acertó a ver de reojo cómo su sargento, Giovanno de Trieste, alarmado por aquel ruido, derribaba la puerta de un puntapié y apuntaba al rostro del dueño de la casa con una ballesta cargada que ocultaba bajo su capa.



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