– Adelante, adelante -dijo levantándose-. Bienvenidos a mi humilde morada.

Silvio de Agrigento comprobó que su anfitrión era bien parecido, de unos treinta y tantos años, y que, pese a vestir un tosco jubón de cuero con calzas de lana y polainas de piel de vaca, conservaba un aire que delataba ciertas maneras cortesanas. Era el hombre, sin duda.

– Soy Silvio de Agrigento -dijo a manera de presentación el enviado del cardenal Garesi-. Estos son mis criados.

– Es un honor. Pier de Cernay -contestó el dueño de la casa iluminando su rostro con una amplia sonrisa-. ¡Eufrasia, vino para nuestros invitados!

La mujer, que había salido de la nada, se apresuró a servir vino caliente con canela a los huéspedes de su amo. Silvio de Agrigento tomó asiento junto al dueño de la casa. La estancia en la que se hallaban ocupaba toda la planta baja de la vivienda, era una especie de acogedor salón a la vez que cocina, pues tenía fogones y una inmensa mesa de roble presidía el amplio cuarto. El suelo de juncos había sido cambiado recientemente y olía a hierbas aromáticas.

– ¿Y bien? -espetó el dueño de la casa sin previo aviso.

– Excelente vino -dijo el clérigo intentando ganar tiempo.

No sabía cómo empezar. Se hizo un embarazoso silencio.

– Somos viajeros.

– ¿Aquí? -preguntó De Cernay-. Estos caminos no llevan a ninguna parte, al menos en invierno. Todos los pasos a Francia están cerrados. ¿Por qué venís a verme a mí precisamente?

– No, no, simplemente busco aire puro para mi torturado pecho; los médicos…

– ¿Aire puro en esta época del año? ¿Con este frío? En otro momento, en otra estación, no digo que no, los aires de este lugar son de beatífico efecto para la salud en primavera, en verano y en otoño. Sin embargo, ¿en pleno invierno? Para coger una pulmonía quizá sean buenos. Habéis esperado cinco días en el pueblo a que mejorase el tiempo para subir a verme.



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