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Hank Culafroy Eckles (pelirrojo, más bien indefinido, un metro ochenta y cinco) salió muy ufano del deposito de equipajes del espacio-puerto, llevando en su maletín un montón de cosas que no eran suyas.
A su lado el Hombre de Negocios decía:
—Ustedes, los jóvenes de hoy en día, me inquietan. Vuélvete a Be1lona, digo yo. El solo hecho de haberte metido en líos con esa rubiecita que me contaste no es motivo para andar a los saltos de mundo a mundo, cariacontecido. ¡Hasta largar el trabajo!
Hank se detiene y sonríe débilmente:
—Bueno…
—Reconozco que ustedes los jóvenes tienen sus necesidades reales, que quizá nosotros los más viejos no comprendamos, pero tienes que mostrar cierta responsabilidad para con… —Advierte que Hank se ha detenido frente a una puerta que dice HOMBRES. —Oh. Bueno, Ehh.
—Sonríe abiertamente.—Fue un placer conocerte, Hank. Siempre es agradable encontrarse con alguien con quien vale la pena hablar en estas malditas travesías.
Hasta la vista.
Por la misma puerta, diez minutos después, sale Harmony C. Eventide, un metro ochenta justo (uno de los tacones falsos estaba rajado, así que metí los dos debajo de un montón de toallas de papel), pelo castaño (ni mi peluquero está seguro), oh tan acicalado y tan en onda, ataviado con ese mal gusto que es oh tan de buen gusto, un tipo de hombre con el cual ningún Hombre de Negocios entraría en conversación. Tomé el helicóptero regular desde el puerto hasta el edificio Pan Am (Aja… De veras. Borracho) salí de la Gran Terminal Central y caminé por la Cuarenta y Dos hacia la Octava Avenida, con un montón de cosas que no eran mías en un maletín.
La noche está tallada en luz.
Crucé el pavimento de plastiplex
