—Pero ¿por qué —me espantan las frases hechas a que puede llevarnos la angustia— me dices todo esto?

Ella sonrió y su sonrisa se desvaneció detrás del velo.

—La información sólo es significativa cuando se la comparte —dijo una voz que era la suya desde el sitio donde estaba su cara.

—Epa, mira, yo…


—Es posible que muy pronto te caiga un buen taco de dinero. Si mis cálculos son correctos, haré que un helicóptero repleto de la flor y nata de la ciudad llegue para llevarte lejos cuando lo recibas en tus ávidas manitas. Esto es información…

Dio un paso atrás. Alguien se interpuso entre nosotros.

—¡He, Maui…!

—Puedes hacer lo que quieras con ella.


* * *

El bar estaba lo bastante atestado como para que el moverse con rapidez significara hacerse de enemigos. No sé.,, la perdí y me hice de enemigos, Algunos tipos estrafalarios allí: con pelo grasiento que les colgaba en chuzas, y tres de ellos tenían dragones tatuados en los hombros esqueléticos, otro más con un parche sobre un ojo, y todavía otro que me arañó la cara con las uñas negras de alquitrán (tuvimos dos minutos de una furiosa piedra libre para todos, por si te perdiste la transición. yo me la perdí) y algunas de las mujeres gritaban. Yo pegaba y esquivaba. y de pronto el tenor de la barahúnda cambió, Alguien cantó:

—¡Jaspe!

en la forma en que tiene que ser cantada. Y quería decir que la jauría (el Servicio Regular ordinario y chambón que yo había estado esquivando estos siete años) se venía al humo. La camorra se volcó a la calle. Yo quedé atrapado entre dos roñas que se hacían mutuamente lo que correspondía, pero logré zafarme del tumulto sin más heridas que las que uno puede hacerse al afeitarse. La pelea se había dividido en secciones. Salí de una y me metí en otra que, lo advertí un momento después, no era más que un círculo rodeando a alguien que al parecer estaba de veras hecho un estropicio.



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