
Alguien estaba tratando de contener a la gente.
Otro le estaba dando vuelta.
Hecho un ovillo en un charco de sangre estaba el hombrecillo a quien no había visto en dos años, el que solía ser tan hábil para deshacerse de cosas que no eran mías.
Tratando de no golpear a la gente con mi maletín, me escurrí entre la sartén y el fuego. Cuando vi a mi primer policía ordinario me esforcé en poner cara de alguien que acababa de acercarse para ver a qué se debía el alboroto.
Me salió bien.
Doblé por la Novena Avenida y había dado tras pasos en una fuga disimulada, pero veloz…
—¡Epa, espera! Quédate allí…
—Reconocí la voz (después de dos años, aparecerse así, la reconocí) pero seguí andando.
—¡Espera! ¡Soy yo, Halcón!
Y me detuve.
Todavía no has oído su nombre en esta historia; Maud mencionó a el Halcón, que es un pistolero multimillonario con base de operaciones en una región de Marte en la que nunca estuve (aunque tiene las zarpas hundidas hasta los espolones en ilegalidades a todo lo largo y lo ancho del sistema) y que no tiene nada que ver con éste.
Retrocedí tres pasos hacia el portal.
Y allí una risa juvenil:
—Oh, viejo. Tienes cara de haber estado haciendo lo que no debes.
—¿Halcón? —le pregunté a la sombra.
Estaba todavía en la edad en que dos años de ausencia significan unos cuantos centímetros más de talla.
—¿Todavía andas por aquí? —le pregunte.
—A veces.
Era un chico sorprendente.
—Mira, Halcón, tengo que salir de aquí.—Volví la cabeza para echar una mirada a la trifulca.
—Vete. —Bajó la acera.—¿Puedo ir contigo?
Curioso.
—Claro.—Me hace sentir muy raro que me pregunte una cosa así—. Vamos.
* * *
A la luz del farol de la calle, media cuadra más allá, vi que su pelo era todavía pálido como virutas de pino.
