
Y tras mucho tiempo, tras incontables aventuras mortales en los espacios y un millón de fracasos rotundos, el hombre se rindió al fin.
Y abandonó la empresa.
Pero existía, no obstante, un camino mejor.
II
Sheperd Blaine tuvo la sensación de encontrarse en «casa», o al menos no siendo aquello una casa exactamente, un lugar para habitar en él. Había, en efecto, un sentido de ordenación y proporción, y de forma, que no ocurría en la naturaleza, incluso en la extraña naturaleza de aquel planeta lejano de una estrella desconocida, lejos, muy lejos, de la madre Tierra. Sus pisadas no dejaban rastro sobre el suelo, como las habían dejado sobre la arena de las dunas, antes de haber llegado fatigosamente a aquel lugar donde se hallaba, fuese aquello lo que fuese. El viento era sólo un susurro comparado con el aullido ululante de la tormenta del desierto, a través del cual había avanzado sin cesar. El piso era duro y suave, pulido y de un azul brillante, deslizándose por él con extrema suavidad. Existían formas esparcidas aquí y allá, cosas que igual podían ser fornituras, equipos o dispositivos de un valor estético determinado, y todo era azul en su conjunto, pero no con la caprichosa forma de lo conformado por el viento, el sol o los fenómenos naturales, sino que tenían sus siluetas perfectamente delineadas en líneas rectas o curvas, como algo realmente funcional.
Las estrellas brillaban lejanas y el sol de aquel planeta lucía distante; pero aquella habitación, aquella estancia, no estaba cerrada por ninguna parte.
Blaine avanzó despacio, con sus sensores tensos y expectantes y funcionando a plena capacidad, persistiendo siempre en él el sentido de «casa» y también el de hallarse vivo completamente. Sintió que un apreciable impulso de excitación se agrandaba dentro de él, por cuanto no era frecuente hallar formas de vida en aquellas experiencias. Y allí, en aquella suave y brillante superficie azulada, existía una inteligencia, despierta y viviente.
