
Su paso se hizo más lento, como si fuese arrastrando los pies, y sus pisadas resultaban como un susurro sobre el suelo azulado y todos sus sensores despiertos y en pleno funcionamiento, apreciando el murmullo de la cinta registradora que absorbía la visión, el color, el sonido y la forma e incluso la dimensión de todo, controlando la temperatura, el tiempo, el magnetismo y todos los demás fenómenos que existían en aquel planeta.
Y observó a la forma viviente, la Cosa que se esparcía blandamente sobre el suelo, como si se tratara de un ser perezoso tumbado sin hacer nada, sin esperar hacer nada, sino sencillamente yaciendo allí… Blaine se acercó poco a poco, conservando sus lentos pasos, teniendo el convencimiento de su incapacidad física para no poder intentar nada acerca de aquella vida allí existente, mientras que los registros que le acompañaban iban tomando nota exacta de todo.
Aquello era rosa, de un excitante color de rosa, no de un tono desagradable como frecuentemente es el tal color, ni de una tonalidad deslavazada, ni un rosa anatómico, sino una bella tonalidad, la clase de color de rosa que se viste la niña de nuestra vecindad en la fiesta de séptimo aniversario de su nacimiento.
Aquello estaba mirándole — quizá no con ojos — pero le miraba. Se hallaba advertido de su presencia, y no parecía existir miedo alguno en aquella apreciación. Finalmente, Blaine se aproximó a unos seis pies de distancia, se detuvo y esperó. Era algo masivo, de doce pies de altura en su mitad aproximadamente y se expandía en un área de veinte o más pies de diámetro. Sobresalía por encima de la pequeñez de la máquina que era Blaine, sin que pareciera existir ninguna amenaza contra él, aunque tampoco mostraba amistad alguna.
