—Regimientos de científicos — continuó Freddy — trabajando con entusiasmo. Cuerpos enteros de técnicos, planeando y calculando desde todos los ángulos posibles. ¿A qué distancia del resto de nosotros te encuentras tú, por ejemplo, a un millón de años luz o así?

—Le estás hablando al hombre menos informado. No sé una palabra. Me limito simplemente a realizar mi trabajo. Y si intentas sonsacarme, deberías saber que yo no lo hago.

—Lo siento, chico — dijo Freddy —. Es como una obsesión para mí.

—Para ti y para millones de otras personas. Fastidiar y especular contra el Anzuelo se ha convertido en el pasatiempo mundial.

—Ponte en mi lugar — repuso Freddy vivamente —. Yo me encuentro totalmente al margen, sin tener la menor noción y desde ese puesto puedo fijarme en esa gran monstruosidad, ese dechado humano único, ese proyecto sobrehumano y colosal, no pudiendo por menos de sentir envidia de cualquiera de quienes se encuentran ahí dentro, sintiendo ser un extraño y no pertenecer de algún modo, como si fuera distinto y de una categoría inferior. ¿Te sorprende que el mundo entero aborrezca a el Anzuelo hasta las entrañas?

—¿Lo hacen de veras?—Shep — dijo Freddy solemnemente —. Tendrías que darte una vuelta y abrir los oídos por ahí.

—No tengo ni siento ninguna necesidad particular de hacerlo. Ya oigo lo suficiente sobre ello, sin ir a ninguna parte. Mi pregunta era: ¿la gente odia realmente a el Anzuelo?

—Creo que sí lo hacen — repuso Freddy —. Quizá no lo hagan mucho aquí en la ciudad. Todas las conversaciones en esta ciudad tienen más bien un carácter ponderado Pero márchate fuera, a las provincias. Esas gentes sí que lo odian realmente.

Las calles aparecían con menos luces y más distantes. Se advertían menos edificios de negocios y las residencias de categoría disminuían cada vez más. El tráfico también había disminuido ostensiblemente.

—¿Quién hay en casa de Charline? — preguntó Blaine.



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