
—Excepto que vosotros, los viajeros cósmicos, tenéis maravillosas historias que contar.
—Ya sabes — respondió Blaine — que nosotros jamás contamos nada.
Freddy chasqueó la lengua. —Alto secreto.
—No, estás equivocado, Freddy. Son las normas y las regulaciones propias.
—Sí, por supuesto. Y esa es la razón para que un rumor se convierta en una escalera de fuego. Basta que ocurra cualquier cosa por la tarde, aquí sobre la colina, para que por la noche lo sepan hasta en el último garito de la ciudad.
—Pero, usualmente, no es correcto. —Quizá no lo sea en su verdadera y exacta descripción; pero al menos se sabe en su principio.
Blaine no respondió. Se retrepó en el asiento del coche y volvió la cabeza hacia la ventanilla, mirando cómo pasaban las calles iluminadas, y por encima de éstas los bloques de edificios construidos sobre terrazas, que eran el Anzuelo. Se maravilló ante la visión de aquello, que durante años nunca había dejado de impresionarle íntimamente. Sabía que no era precisamente por su grandeza, ya que habría en el mundo cosas mucho más grandes y enormes sino por su fabulosa significación que caía como una enorme capa sobre la ciudad, cubriéndolo todo. «Allí — pensó Blaine — de hecho, si no nominalmente, estaba la capital de la Tierra. Allí yacía la esperanza y la grandeza del futuro, allí estaba el eslabón humano con otros mundos esparcidos en las enormes profundidades del espacio».
Y él tenía que abandonarlo.
Aunque le resultase increíble, con todo su amor por aquello, toda su devoción y su fé de años, ahora se disponía a huir alocadamente como un conejo empavorecido.
—¿Y qué hacéis todos vosotros con todo ello? — preguntó Freddy.
—¿Todo qué?
—Todos los conocimientos, todos los secretos, todos los conceptos que escudriñáis y obtenéis…
—Pues no sabría explicarlo — repuso Blaine.
