
—Señor Dalton — le repuso Blaine —, si tiene usted deseos de argumentar sobre ese particular, yo le buscaré a otra persona que entienda de negocios. Yo soy el menos indicado, incluso el menor de todos dentro del Anzuelo, a despecho de la realidad de que esté trabajando allí.
—El Anzuelo nos está absorbiendo — continuó Dalton irritadamente —. Se están llevando al diablo nuestra forma de vida, están destruyendo sistemáticamente toda una serie de convenciones tradicionales y de valores éticos que han sido edificados cuidadosamente a través de siglos, por hombres a que han dedicado devotamente y con profundidad, sus vidas al servicio público. Están quebrantando y arruinando la estructura comercial, tan cuidadosamente edificada y estatuida. Nos están arruinando, lenta e inexorablemente, no a todos de una vez, sino a uno por uno. Tengamos, por ejemplo, ese llamado «carnicero vegetal». Usted planta una fila de semillas y más tarde usted llega y las arranca y donde pensaba encontrarse con patatas, en lugar de patatas tiene usted un concentrado de proteínas.
—Y bien — comentó entonces Blaine —, así tenemos que, por primera vez en sus vidas, millones de personas están comiendo carne que antes jamás pudieron pensar en comprar y que su elegante y magnífico sistema de convenciones y de valores éticos, no les permitieron nunca poder adquirir.
—Pero, ¡y los granjeros! — gritó Dalton —. Y los trabajadores de los mataderos. Sin mencionar los intereses del empaquetamiento, envíos, etc.
—Yo supongo — sugirió Blaine — que habría sido más bueno el haber vendido las semillas en exclusiva a los granjeros o a los dueños de supermercados. O que hubieran sido vendidas a la tarifa de un dólar o de dólar y medio, en vez de diez centavos el paquete. Por ese camino, se habría conservado el sistema natural competitivo de la carne y la economía continuaría sana y a salvo. Por supuesto, entonces, esos millones de personas…
