
—Pero usted no comprende — interrumpió Dalton —. Los negocios constituyen la sangre del cuerpo de nuestra sociedad. Destrúyalos y habrá destruido al hombre mismo.
—Lo dudo mucho — repuso Blaine.
—Pero la historia demuestra la posición preeminente del comercialismo. Ha construido el mundo como permanece hasta el día de hoy. Descubrió y abrió vías de progreso con sus pioneros, erigió las factorías, y…
—Ya comprendo, señor Dalton, ha leído usted mucha historia.
—Sí, señor Blaine, lo he hecho. Soy particularmente aficionado a…
—Entonces, quizás habrá usted caído en la cuenta de otras cosas también. Ideas, instituciones y creencias, siempre sobreviven al tiempo para el cual resultaron útiles. Eso lo hallará página tras página en toda nuestra historia… el mundo evoluciona y la gente y los métodos de vida, cambian asimismo. ¿Se le ha ocurrido pensar que los negocios, en la forma en que usted los concibe han sobrevivido a su tiempo de utilidad? Los negocios ya hicieron su contribución al mundo; pero el mundo continúa hacia delante. El concepto «negocio» es otro dodo(1 Dalton se incorporó rabioso, masticando furiosamente su puro y alisándose el cabello por enésima vez. —¡Por Dios! — gritó —, Ya veo lo que piensa usted. ¿Es esa también la mentalidad del Anzuelo? Blaine sonrió, sin alterarse. —No, en absoluto; esa es mi opinión estrictamente particular. No tengo la menor idea de lo que el Anzuelo pueda estar pensando. No estoy metido en política. «Así ocurría siempre», pensó Blaine. No importaba dónde se encontrase, siempre existiría a su alrededor alguien que tratara de arrancarle una pista, una idea, un pensamiento, el más diminuto secreto que pudiera pertenecer al Anzuelo. Al igual que una bandada de buitres, cerniéndose sobre su posible víctima, sospechando, seguramente, mucho más de lo que podría ocurrir en la realidad.