Blaine se amagó para recogerla. Al levantarse, tuvo que mirar el extraño comportamiento del reloj. Continuaba el zumbido de su maquinaria, pero las manecillas estaban detenidas, sin tiempo alguno, como si la máquina se hubiera vuelto loca.

Algo de extraño ocurría con el tiempo. La manecilla del reloj de marcar los segundos y la reacción de tiempo retardado de Freddy, lo demostraban.

El tiempo se había acortado.

Y aquello debía ser imposible.

El tiempo no se acorta, el tiempo es una constante universal. Pero si el tiempo, de alguna forma, se había acortado, ¿por qué él, Blaine, no era también un partícipe de tal fenómeno misterioso?

A menos que…

Por supuesto, a menos que el tiempo no hubiese permanecido en la forma que se había mostrado y para él hubiese acelerado de tal forma que Freddy no hubiera tenido tiempo para actuar, capacidad para defenderse a sí mismo, ni de haber podido sacar la pistola fuera del bolsillo.

Blaine miró la pistola que acababa de recoger: un arma temible y mortal. Freddy no había hecho el tonto, ni tampoco el Anzuelo. Nadie pone una pistola como aquélla en manos de un individuo que sabe cómo usarla, y prepara una comedia rellena de ligereza y cortesía inútilmente. Blaine se volvió nuevamente sobre Freddy, que continuaba tirado por el suelo y, en apariencia, totalmente ausente. Sin duda alguna, transcurriría bastante tiempo hasta que Freddy recobrase el conocimiento. Blaine se puso la pistola en el bolsillo y se volvió hacia la puerta, y mientras lo hacía, echó un vistazo al reloj de pared de la cocina. La manecilla apenas se había movido de la última posición en que la vio. Alcanzó la puerta, la abrió y se volvió para echar el último vistazo al interior de la cocina.



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