
—¡No! — gritó Blaine —. ¡No!
Pero ya era demasiado tarde. El Color de Rosa había salido de su escondrijo y rellenado todo su cerebro, siendo todavía él mismo, más algo, además, por añadidura. Era dos cosas al mismo tiempo, era lo más confuso y lo más extraño de cuanto había experimentado hasta ahora en su vida.
La habitación se hizo silenciosa de nuevo, excepto el sonar rítmico del reloj de pared. Pero lo sorprendente era que el reloj dejó también de funcionar; se oía el zumbido de su maquinaria, pero sin el ritmo preciso del correr del tiempo. Blaine se lanzó hacia delante y Freddy no se movió. Continuaba en el mismo sitio, con la mano metida en el bolsillo de la chaqueta.
Dio el paso siguiente, y Freddy apenas se movió del lugar que ocupaba. Tenía los ojos abiertos por completo, sin parpadear. Pero el rostro comenzó a retorcérsele en un lento y torturante retorcimiento y la mano del bolsillo se movió también; pero de una forma tan lenta, que apenas podía distinguirse, como si la mano y el arma que oprimía se despertaran de un profundo sueño.
Otro paso más y Blaine casi se hallaba sobre Bates, con el puño lanzado a la cabeza de su enemigo como un martillo pilón. La mandíbula de Freddy colgó de la boca y los párpados se le cerraron. Y el puño de Blaine explotó sobre la mandíbula de su enemigo. Blaine le dio en el punto preciso en que quería golpearle, con toda su fuerza concentrada en aquel mazazo. Sintió el impacto en sus propios nudillos y el dolor en la muñeca. Freddy apenas se había movido, ni siquiera parecía que hubiese tratado de defenderse.
Freddy cayó; pero no como podía caer cualquier cuerpo en su caso. Caía lenta, deliberadamente, como el árbol a quien acaban de serrarle la última brizna de madera en el corte final. En un movimiento retardado, cayó pesadamente sobre el suelo de la cocina y entonces saco con lentitud extrema la mano del bolsillo, apareciendo en ella la pistola que empuñaba. El arma se le escapó de los dedos y se deslizó por el brillante pavimento.
