
—Espero — dijo Blaine — que sepas a dónde nos dirigimos.
—No te preocupes. Lo sé.
Blaine se sentía demasiado cansado para discutir. Parecía estar bajo los efectos de una enorme paliza. Y tenía razón de sentirse así, seguramente, ya que se había movido diez veces, quizá cien veces, más rápido de lo que normalmente lo habría hecho, de lo que un cuerpo humano puede normalmente alcanzar a moverse. Había estado usando la energía de su organismo a una escala desesperada, su corazón había latido mucho más rápidamente, sus pulmones habían trabajado al máximo e igualmente todos sus músculos habían funcionado a una velocidad increíble, espantosa.
Yacía quieto en el asiento, con la mente absorta ante lo que había ocurrido e imaginando también cuál sería la causa de lo ocurrido. La cosa Color de Rosa se había desvanecido de su cerebro y entonces procuró buscarla y hallarla, agazapado en su escondrijo.
—Gracias — le dijo mentalmente.
Aunque parecía una cosa chistosa y divertida que tuviese que agradecer a aquella cosa, que ya forma parte de su mismo ser, que se refugiaba en su cráneo, que se escondía en un escondite de su cerebro, no pudo por menos de realizarlo. Y con todo no era realmente algo que formase parte de él mismo, sino más bien algo fugitivo que le acompañaba mezclándose con su propia mente.
El coche volaba sobre el cañón y el aire entraba por las ventanillas frío y puro, como si acabase de ser lavado en la corriente de alguna montaña. El olor a pinos saturaba la atmósfera como un fino y delicado perfume.
«Quizás — se dijo a sí mismo — la cosa que llevaba dentro de sí habría actuado en la forma en que lo había hecho, sin el pensamiento concreto de prestarle ayuda. Más bien pudo ser un reflejo automático, para preservarse a sí misma, con aquella acción».
