Pero no importaba lo que hubiera ocurrido, el hecho es que se había salvado a sí misma y le había salvado a él, ya que los dos formaban una sola persona por el momento. No podrían, por tanto, actuar independientemente el uno del otro. Se hallaban ligados íntimamente por el juego de manos de la misteriosa cosa Color de Rosa, extendida por el suelo en aquel lejano planeta, por el doble de la cosa que había venido a vivir con él, ya que la cosa encerrada dentro de su mente era como un sombra de la otra que vivía a cinco mil años-luz de distancia.

—¿Encontraste dificultades? — preguntó Harriet.

—Me encontré con Freddy.

—Freddy Bates, quieres decir…

—Sólo hay un Freddy.

—Ya, el pequeño monicaco.

—Pues sí, tu pequeño monicaco llevaba una pistola en el bolsillo y la sangre en los ojos.

—No querrás decir…

—Harriet — dijo Blaine —, esto es algo que se pondrá muy feo. ¿Por qué no me dejas a mí solo continuar?

—No, por nada del mundo — repuso la chica —. Nunca me he divertido tanto en mi vida.

—No vas a ninguna parte. No tendrás mucho camino que recorrer.

—Shep — le repuso Harriet —, puede que no pienses que ello me corresponde, pero yo pertenezco a una clase de intelectuales. He leído muchísimo y me gusta la historia sobre cualquier otra disciplina. La historia de las batallas sangrientas. Especialmente si hay muchos mapas de campaña que seguir.

—¿Ah, sí?

—Por tanto, he descubierto una cosa. Que siempre es una excelente idea el disponer de una línea de retirada, llegado el caso.

—Pero no continuando por este camino.

—Sí, siguiendo este camino — repuso ella.

Blaine volvió la cabeza para observar el perfil de la chica, y apreció algo que antes no había descubierto en ella. No era la periodista que se va de las manos, ni la charlatana columnista de un periódico, ni la mojigata escritora de cualquier revista de color de rosa, sino una de las pocas escritoras de talento, capaz de obtener cualquier información del propio Anzuelo, para uno de los mayores periódicos de toda Norteamérica.



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