Se había aferrado a un principio que no comprendía ni se había preocupado de que fuese algo que debiera comprender. Y así fue transmitiéndose su conocimiento, de una mano inepta a otra El médico brujo del Congo ya la usó, los sacerdotes del antiguo Egipto la conocieron también, y los sabios del Tíbet, en el techo del mundo, tuvieron un profundo conocimiento de ella. Pero en todos aquellos casos de la historia de la magia, nunca fue sabiamente empleada en modo alguno, ni fue bien comprendida, mezclándose con una serie de hechicerías y burdas supersticiones, y cuando llegaron los días del triunfo de la razón, fue totalmente desacreditada y apenas si quedó nadie que creyera en ella.

Tras los días del triunfo de la razón, surgió un método y una Ciencia y ya no quedó sitio para la magia, en el mundo que la Ciencia había construido, ya que en ella no existía método, ni sistema, ni podía reducirse a una fórmula ni a una ecuación. En consecuencia, se convirtió en algo sospechoso, fue expulsada, despreciada y considerada como una estúpida locura. Ningún nombre que se hallase en sus cabales podía considerarla seriamente.

Pero la llamaron PK (paranormal-kinética) útilmente, para abreviar tan larga expresión. Y aquellos que la poseían fueron llamados parakinos, siendo perseguidos, encerrados en una cárcel o maltratados de formas aún peores. A pesar de todo y teniendo en cuenta el abismo que mediaba entre la PK y la Ciencia, fue tomando el sistema metódico que la propia Ciencia había ido remachando en la mente del género humano, hasta que la PK tomó carta de naturaleza y comenzó a actuar. «Y por extraño que ello pudiera parecer — se dijo Blaine a sí mismo —, había tenido que ser necesario que la ciencia lo hubiese hecho primero».



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