– Explíquelo.

– Sólo lo que he dicho. Todo el mundo cuenta o nadie cuenta. Eso es. Significa que me dejo la piel para resolver el caso tanto si se trata de una prostituta como si se trata de la mujer del alcalde. Ésa es mi regla.

– Entiendo. Ahora, veamos este caso en concreto. Me interesa oír su descripción de lo que ocurrió después del arresto y de las razones que motivaron su reacción violenta en la comisaría de Hollywood.

– ¿Está grabando esto?

– No, detective, todo lo que me diga es confidencial. Al final de estas sesiones simplemente haré unas recomendaciones al sub director Irving. Los detalles de las sesiones nunca se divulgarán. Mis recomendaciones normalmente ocupan menos de media página y no contienen detalles de las entrevistas.

– Tiene usted mucho poder con esa media página.

La psiquiatra no respondió. Bosch pensó un momento mientras la miraba. Pensó que podría confiar en ella, pero su instinto y experiencia le decían que no se fiara de nadie. Ella aparentemente comprendía su dilema y esperó.

– ¿Quiere saber mi versión?

– Sí.

– Muy bien. Le contaré lo que ocurrió.

Bosch fumó en el camino a casa, pero se dio cuenta de que lo que de verdad necesitaba no era un cigarrillo, sino una copa que le calmara. Miró el reloj y decidió que era demasiado temprano para parar en un bar. Se conformó con otro cigarrillo e irse a casa.

Después de subir por Woodrow Wilson, aparcó a media manzana de su domicilio y regresó caminando. Oía música suave de piano. El sonido procedía de la casa de uno de sus vecinos, pero no sabía decir de cuál. En realidad no conocía a ninguno de sus vecinos ni quién podía tener un pianista en la familia. Pasó por debajo de la cinta amarilla extendida delante de su propiedad y entró a través de la puerta de la cochera.



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