
– Tendrá que preguntárselo a ella. Fue ella quien lo dijo. Pero está en Venecia.
– Bueno, entonces, ¿qué cree que quería decir con eso?
– No importa lo que yo creo. Ella es la que lo dijo y ella es la que se marchó.
– No pelee conmigo, detective Bosch. Por favor. Lo que más deseo es que recupere su trabajo. Como le he dicho ésa es mi misión. Devolverle allí, si usted puede volver. Pero lo pone difícil siendo difícil.
– Tal vez fue eso lo que descubrió, tal vez es así como soy.
– Dudo que la razón sea tan simple como eso.
– A veces yo no.
Hinojos miró su reloj y se inclinó hacia adelante; su insatisfacción por cómo se estaba desarrollando la sesión era patente.
– De acuerdo, detective. Entiendo lo incómodo que se siente. Vamos a seguir adelante, aunque sospecho que tendremos que volver sobre este asunto. Quiero que se lo piense un poco. Trate de expresar sus sentimientos con palabras.
Aguardó a que Bosch dijera algo, pero él no lo hizo.
– Tratemos de hablar otra vez de lo que ocurrió la semana pasada. Entiendo que se originó en un caso relacionado con el asesinato de una prostituta.
– Sí.
– ¿Fue brutal?
– Eso es sólo una palabra. Significa cosas distintas para personas distintas.
– Cierto, pero para usted, ¿fue un homicidio brutal?
– Sí, fue brutal. Creo que casi todos lo son. Cuando alguien muere, para la víctima es algo brutal.
– ¿Y se llevó al sospechoso detenido?
– Sí, mi compañero y yo. O sea, no. Él vino voluntariamente a responder a unas preguntas.
– ¿Este caso le afectó más que otros casos del pasado?
– Quizá, no lo sé.
– ¿Por qué tendría que ser así?
– ¿Se refiere a por qué me preocupo por una prostituta?
No lo hago. No más que por cualquier otra víctima. Pero en homicidios tengo una regla cuando se trata de los casos que me asignan.
– ¿Cuál es la regla?
– Todos cuentan o no cuenta nadie.
