Ir a las sesiones de la SCC solía llamarse «ir a Chinatown», porque la unidad se hallaba en Hill Street, a muchas travesías del Parker Center. Cuando se sabía que un poli iba allí corría la voz de que sufría el blues de Hill Street. El edificio de seis plantas en el que se hallaba la SCC se conocía como el edificio Cincuenta y uno cincuenta. No era el número de la calle, sino el código con el que se referían a una persona demente en la radio de las patrullas. Este tipo de códigos formaba parte del proceso de menospreciar, y de este modo contener con más facilidad, los propios temores.

– Me ha ido genial en Chinatown -dijo Bosch con sarcasmo-. Tendrías que probarlo algún día. Una sesión y ya ha conseguido que me siente aquí a contar los coches de la autovía.

– Bueno, al menos no se te acabarán.

– Sí, ¿tú qué tal?

– Al final Pounds lo ha hecho.

– ¿Qué ha hecho?

– Me ha enchufado otro compañero.

Bosch se quedó un momento en silencio. La noticia le dejó una sensación de irrevocabilidad. La idea de que tal vez nunca recuperaría su trabajo se abrió paso en su mente.

– ¿Ah, sí?

– Sí, al final lo ha hecho. Me ha tocado un caso esta mañana y ha puesto conmigo a uno de sus lameculos. Burns.

– ¿Burns? ¿De automóviles? Nunca ha trabajado en homicidios. ¿Alguna vez ha trabajado en delitos contra personas?

Los detectives solían optar entre dos líneas en el departamento. Una era la de los delitos contra la propiedad y la otra la de los delitos contra personas. En la segunda vía uno podía especializarse en homicidios, violaciones, asaltos o atracos. Los detectives de delitos contra personas llevaban los casos de perfil alto y solían ver a los investigadores de los delitos contra la propiedad como chupatintas. Había tantos delitos contra la propiedad en la ciudad que los detectives pasaban la mayor parte de su tiempo tomando nota de denuncias y procesando alguna detención ocasional. En realidad no hacían mucho trabajo de detectives, porque no les quedaba tiempo para eso.



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