
– Siempre ha sido un chupatintas -dijo Edgar-, pero con Pounds eso no importa. Lo único que le importa es tener a alguien en la mesa de homicidios que no le moleste. Y Burns es el tipo ideal. Seguramente empezó a cabildear para obtener el puesto en el mismo momento en que se enteró de lo tuyo.
– Bueno, que se joda. Voy a volver a la mesa y entonces él volverá a coches.
Edgar se tomó un tiempo para responder, como si Bosch hubiera dicho algo que para él carecía de sentido.
– ¿De verdad crees eso, Harry? Pounds no va a consentir que vuelvas después de lo que hiciste. Cuando me dijo que iba a ponerme con Burns le dije que no se lo tomara a mal, pero que prefería esperar hasta que volviera Harry Bosch, y él me dijo que entonces tendría que esperar hasta hacerme viejo.
– ¿Eso dijo? Bueno, que se joda él también. Todavía me quedan un par de amigos en el departamento.
– Irving sigue en deuda contigo, ¿no?
– Supongo, pero ya veremos.
No continuó, prefería cambiar de tema. Edgar era su compañero, pero nunca habían llegado al punto de confiar plenamente en el otro. Bosch desempeñaba el papel de mentor en la relación y le habría confiado su vida a Edgar, pero era un vínculo que se sostenía en la calle. Las cuestiones internas del departamento eran otro asunto. Bosch nunca se había fiado de nadie, y no iba a empezar a hacerla en ese momento.
– Bueno, ¿cuál es el caso? -preguntó para cambiar de tema.
– Ah, sí. Quería hablarte de eso. Es raro, tío. Primero el crimen es raro y más todavía lo que ocurrió después. El aviso se recibió de una casa de Sierra Bonita a eso de las cinco de la mañana.
