– ¿El dueño del coche? ¿El tío del rifle?

– Exacto. Sus huellas estaban en la cuchilla de carnicero que dejó clavada en el cráneo de una de las chicas. Estaba bastante sorprendido cuando fuimos a su casa esta tarde. Dijimos: «Eh, cogimos al socio del tío que murió en su coche. Y, por cierto, estás detenido por doble asesinato, hijoputa.» Creo que alucinó, Harry. Tendrías que haber estado allí.

Edgar rió sonoramente al teléfono y Bosch, después de sólo una semana en el dique seco, entendió lo mucho que echaba de menos el trabajo.

– ¿Cooperó?

– No, no dijo una palabra. Si fuera tan estúpido no habría salido impune de un doble asesinato durante casi veinte años. Es una larga fuga.

– Sí, ¿qué ha estado haciendo?

– Parece que se lo ha tomado con calma. Es dueño de una ferretería en Santa Mónica. Está casado y tiene un hijo y un perro. Un caso de reforma total. Pero va de retorno a Biloxi. Espero que le guste la cocina del Sur porque no va a volver por aquí en una buena temporada.

Edgar se rió otra vez. Bosch no dijo nada. La historia le deprimía porque era un recordatorio de que ya no estaba en activo. También le recordó la petición de Hinojos de que definiera su misión.

– Mañana vendrán un par de agentes estatales de Misisipí -dijo Edgar-. Hablé con ellos hace un rato y están encantados.

Bosch no dijo nada durante un rato.

– Harry, ¿sigues ahí?

– Sí, sólo estaba pensando en algo… Bueno, suena como un día fantástico en la lucha contra el crimen. ¿Cómo se lo ha tomado el intrépido líder?

– ¿Pounds? Joder, se le ha puesto como un bate de béisbol. ¿Sabes qué está haciendo? Está tratando de averiguar una forma de colgarse las medallas por resolver tres asesinatos. Quiere apuntarse los casos de Biloxi.

La estratagema no sorprendió a Bosch. Era una práctica extendida entre los jefes del departamento y los estadísticos anotarse puntos para los índices de resolución de crímenes siempre que era posible.



18 из 369