
– ¿Entonces parece accidental? -preguntó Bosch.
– Sí, muerte accidental, pero la historia no termina ahí. Las dos puertas del coche estaban abiertas.
– El muerto tenía un cómplice.
– Eso supusimos. Y si encontrábamos al cabrón podíamos acusarlo bajo la ley de complicidad en homicidios. Así que pedimos que los del laboratorio buscaran con el láser todas las huellas que pudieran sacar del coche. Las llevamos al laboratorio y pedimos a uno de los técnicos que las escaneara y las mandara al AFIS, y ¡sorpresa!
– ¿Conseguisteis al compañero?
– Irrefutable. Ese ordenador del AFIS tiene largo alcance, Harry. Coincidía con una huella archivada en una de las redes del Centro de Identificación Militar de San Luis. Estuvo en el ejército hace diez años. De ahí sacamos la identificación y después conseguimos una dirección de Tráfico. Lo hemos detenido hoy. Ha confesado. Va a desaparecer por una buena temporada.
– Parece un buen día.
– Pero la cosa no termina ahí. Todavía no te he contado la parte rara.
– Pues cuéntamela.
– ¿Recuerdas que te he dicho que pasamos el láser por el coche y obtuvimos todas las huellas?
– Sí.
– Encontramos otra más. Ésta era de la base de datos de crímenes. Un caso de Misisipí. Tío, todos los días tendrían que ser como éste.
– ¿Cuál fue el resultado? -preguntó Bosch, que se estaba impacientando con la manera que tenía Edgar de parcelar el relato.
– Coincidía con huellas puestas hace siete años en la red por algo llamado Base de Datos de Identificación Criminal de los Estados del Sur. Son cinco estados que juntos no suman la población de Los Ángeles. La cuestión es que una de las huellas que enviamos hoy coincidía con la del perpetrador de un doble homicidio en Biloxi en el setenta y seis. Un tipo al que los diarios llamaron el Asesino del Bicentenario porque mató a dos mujeres el Cuatro de Julio.
