– He contratado a un abogado para que se ocupe.

– ¿Y qué va a hacer?

– No lo sé. Quiero apelar la etiqueta roja. Es un tío con experiencia, dice que lo arreglará.

– Ojalá. Sigo pensando que deberías derribarla y empezar de nuevo.

– Todavía no he ganado la lotería.

– Hay préstamos federales para damnificados. Podrías pedir uno y…

– Ya lo he solicitado, Jerry, pero me gusta mi casa tal y como es.

– Vale, Harry. Espero que tu abogado lo solucione. Bueno, he de irme. Burns quiere tomarse una cerveza en el Short Stop. Me está esperando allí.

La última vez que Bosch había estado en el Short Stop, un bar de polis cercano a la academia y al estadio de los Dodgers, todavía había en la pared pegatinas que decían: «Yo apoyo al jefe Gates.» Para la mayoría de los polis, Gates era un rescoldo del pasado, pero el Short Stop era un lugar donde la vieja guardia iba a beber y a recordar un departamento que ya no existía.

– Sí, pásalo bien, Jerry.

– Cuídate, tío.

Bosch se recostó en la encimera y se bebió su cerveza. Llegó a la conclusión de que la llamada de Edgar había sido una forma bien disimulada de decirle a Bosch que estaba eligiendo su bando y separándose de él. A Bosch no le molestó. La primera lealtad de Edgar era consigo mismo, para sobrevivir en un ambiente que podía ser traicionero. Bosch no iba a culparlo por eso.

Bosch miró su reflejo en el vidrio de la puerta del horno. La imagen era oscura, pero veía sus ojos en la sombra y el perfil de la mandíbula. Tenía cuarenta y cuatro años y en algunos aspectos parecía mayor. Conservaba la cabeza cubierta de pelo castaño y rizado, pero tanto el cabello como el bigote empezaban a encanecer. Aquellos ojos marrón oscuro le parecieron cansados y consumidos. Su piel tenía la palidez de la de un vigilante nocturno.



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