
Bosch todavía se mantenía delgado, pero en ocasiones la ropa le colgaba como si la hubiera sacado de una de las misiones del centro o acabara de pasar una enfermedad.
Se olvidó de su reflejo y cogió otra cerveza de la nevera. Fuera, en la terraza, vio que el cielo estaba brillantemente iluminado con los tonos pastel del anochecer. Pronto estaría oscuro, pero la autovía era un río resplandeciente de luces en movimiento, un río cuya corriente no se calmaba ni un momento.
Al mirar a los residentes de fuera de la ciudad que regresaban un lunes por la noche, vio la autovía como un hormiguero donde los obreros avanzaban en líneas. Alguien o alguna fuerza surgiría pronto y volvería a golpear la colina. Entonces las autovías se hundirían, las casas se derrumbarían y las hormigas simplemente las reconstruirían y volverían a formar filas.
Se sentía inquieto, pero no sabía por qué. Sus pensamientos se arremolinaban y se mezclaban. Empezó a ver lo que Edgar le había dicho del caso en el contexto de su diálogo con Hinojos. Había alguna conexión, algún puente, pero no lograba alcanzarlo.
Se terminó la cerveza y decidió que con dos bastaba. Fue a sentarse en una de las sillas del salón, con los pies en alto. Lo que quería era darle un descanso a todo. A la mente y al cuerpo. Levantó la cabeza y vio que las nubes estaban pintadas de naranja por el sol. Parecían lava fundida que se movía lentamente por el cielo.
Justo antes de quedarse adormilado un pensamiento se abrió paso entre la lava. Todos cuentan o no cuenta nadie. Y entonces, en el último momento de claridad antes del sueño supo cuál había sido el hilo conductor que había atravesado sus pensamientos. Y supo cuál era su misión.

Por la mañana, Bosch se vistió sin ducharse para poder ponerse de inmediato a trabajar en la casa y eliminar los pensamientos persistentes de la noche anterior mediante el sudor y la concentración.
