– Estaba sacando un viejo caso. Tengo algo de tiempo libre y quería comprobar un par de cosas.

Washington entrecerró los ojos y Bosch se dio cuenta de que lo sabía.

– Sí…, bueno, escucha, he de irme, pero resiste, hombre. No dejes que los burócratas acaben contigo. -Le guiñó el ojo a Bosch y siguió adelante.

– No les dejaré, capitán. Usted tampoco.

Bosch se sentía razonablemente seguro de que Washington no mencionaría su encuentro a nadie. Pisó la colilla y volvió a acercarse al mostrador, reprendiéndose en privado por haber salido y haberse dejado ver. Al cabo de cinco minutos empezó a oír un sonido agudo procedente de los pasillos que había entre las pilas. Al momento Geneva Beaupre apareció empujando un carrito en el que llevaba una carpeta de tres anillas.

Era el expediente de un caso de asesinato. Tenía al menos cinco centímetros de grosor y estaba cubierto de polvo y cerrado con una goma elástica. La goma sostenía también una vieja tarjeta de registro verde.

– Lo encontré.

Había una nota de triunfo en la voz de la mujer. Bosch supuso que sería el mayor logro del día para ella.

– Fantástico.

La mujer dejó el pesado archivo en el mostrador.

– «Marjorie Lowe. Homicidio. Mil novecientos sesenta y uno.» Veamos… -Beaupre cogió la tarjeta de la carpeta y la miró-. Sí, usted fue el último que se lo llevó. Veamos, fue hace cinco años. Entonces estaba en robos y homicidios y…

– Sí. Y ahora estoy en Hollywood. ¿Quiere que firme otra vez?

Ella le puso la tarjeta verde delante.

– Sí, y anote también su número de identificación, por favor.

Bosch hizo lo que le pedían y se dio cuenta de que la mujer lo estaba observando mientras escribía.

– Es zurdo.

– Sí.

Volvió a pasarle la tarjeta por el mostrador.



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