– Gracias, Geneva.

Bosch la miró. Deseaba decir algo más, pero temía cometer un error. Ella le devolvió la mirada y en su rostro se formó una sonrisa de abuela.

– No sé lo que está haciendo, detective Bosch, pero le deseo suerte. Seguro que es importante si vuelve después de cinco años.

– Son muchos más años, Geneva. Muchos más.

Bosch retiró todo el correo viejo y los manuales de carpintería de la mesa del comedor y colocó en ella la carpeta y su libreta. Se acercó al equipo de música y puso un disco compacto: Clifford Brown with Strings. Fue a la cocina a coger un cenicero y se sentó delante del expediente. Lo miró durante un buen rato sin moverse. La última vez que había tenido el archivo apenas había ojeado sus muchas páginas. En aquella ocasión no sintió que estuviera preparado y lo devolvió a los archivos.

Esta vez quería asegurarse de que sí lo estaba antes de abrirlo, por eso dedicó un buen rato a examinar la cubierta de plástico resquebrajada como si ésta contuviera alguna pista acerca de su preparación. Un recuerdo le inundó la mente. Un chico de once años en una piscina, agarrándose a la escalera de acero del costado, sin aliento y llorando, con las lágrimas disimuladas por el agua que resbalaba del cabello mojado. El niño estaba asustado. Solo. Se sentía como si la piscina fuera un océano que debía cruzar.

Brown estaba tocando Willow Weep for Me, valiéndose de su trompeta con la suavidad con que un pintor de retratos usa el pincel. Bosch cogió la goma elástica que había puesto en torno a la carpeta cinco años antes y ésta se quebró al tocarla. Dudó sólo un instante más antes de abrir la carpeta y soplar para sacar el polvo.

El expediente correspondía al caso abierto el 28 de octubre de 1961, el asesinato de Marjorie Phillips Lowe. Su madre.

Las páginas de la carpeta estaban de color amarillo oscuro y rígidas por el paso de los años.



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