
Harry Bosch se limitó a mirarla en silencio. Le apetecía un cigarrillo, pero no pensaba preguntarle si podía fumar. No iba a reconocer ante ella que tenía ese hábito. Si lo hacía, ella seguramente empezaría a hablar de fijaciones orales o diría que se apoyaba en la nicotina. Inspiró hondo y miró a la psiquiatra que estaba al otro lado de la mesa. Carmen Hinojos era una mujer menuda, de rostro y expresión amistosos. Bosch sabía que no era mala persona. De hecho, había oído hablar bien de ella a otros policías que habían sido enviados a Chinatown. Carmen Hinojos simplemente estaba haciendo su trabajo y la ira de Bosch en realidad no estaba dirigida contra ella. El detective sabía que probablemente la psiquiatra era lo bastante lista para darse cuenta.
– Oiga, lo siento -dijo Hinojos-. No debería haber empezado con ese tipo de pregunta abierta. Sé que para usted se trata de una cuestión emocional. Tratemos de empezar de nuevo. Por cierto, puede fumar si lo desea.
– ¿Eso también está en el expediente?
– No está en el expediente. No hace falta. No deja de llevarse la mano a la boca. ¿Ha intentado dejarlo?
– No, pero estamos en una dependencia municipal. Ya conoce las normas.
Era una excusa débil. Todos los días violaba esa ordenanza en la comisaría de Hollywood.
– Aquí no es la norma. No quiero que piense que este lugar forma parte del Parker Center o del ayuntamiento. Ése es el principal motivo de que estos consultorios estén lejos del centro. Aquí no rigen esa clase de normas.
– No importa dónde estemos. Usted sigue trabajando para el Departamento de Policía de Los Ángeles.
– Intente convencerse de que está lejos del departamento de policía. Cuando esté aquí, trate de pensar que simplemente ha venido a ver a una amiga. A hablar. Aquí puede decir lo que quiera.
Sin embargo, Bosch sabía que no podía considerarla una amiga. Nunca. Había demasiado en juego. De todos modos, asintió con la cabeza para complacerla.
