
– Dígame cuál es su misión -continuó Hinojos en voz baja desde detrás de él-. Me gustaría que lo expresara con palabras.
Bosch volvió a sentarse y trató de pensar en una forma de explicarse, pero en última instancia negó con la cabeza.
– No puedo.
– Bueno, quiero que piense en eso. En su misión. ¿De qué se trata en realidad? Piénselo.
– ¿Cuál es su misión, doctora?
– No nos preocupa eso aquí.
– Claro que sí.
– Mire, detective, ésta es la única pregunta personal que voy a responderle. Estos diálogos no tratan de mí. Son sobre usted. Considero que mi misión es ayudar a los hombres y mujeres de este departamento. Ése es el objetivo directo. Y al hacerlo, en una escala mayor, ayudo a la comunidad, ayudo a la gente de esta ciudad. Cuanto mejores sean los policías que patrullan las calles, mejor estaremos todos. Todos estaremos más seguros. ¿Satisfecho?
– Eso está bien. Cuando piense en mi misión, ¿quiere que lo reduzca a un par de frases como ésas y las ensaye hasta el punto de que parezca que estoy leyendo la definición de un diccionario?
– Señor, eh, detective Bosch, si se empeña en ser ingenioso y polémico constantemente, no vamos a ir a ninguna parte, lo que significa que no va a recuperar su trabajo pronto. ¿Es eso lo que pretende?
Bosch levantó las manos. La psiquiatra miró al bloc que tenía en el escritorio y Bosch aprovechó que no lo miraba para estudiarla.
Carmen Hinojos tenía unas manos pequeñas que mantenía en el escritorio, delante de ella.
