A la izquierda se alzaba la torre del ayuntamiento. Había lonas negras de las que se utilizan en construcción colgadas en torno a los pisos superiores. Parecía algún tipo de gesto de duelo, pero Bosch sabía que era para evitar que cayeran cascotes de las reparaciones que se estaban efectuando a consecuencia del terremoto. Mirando más allá del ayuntamiento, Bosch vio la casa de cristal: el Parker Center, el cuartel general de la policía.

– Dígame cuál es su misión -continuó Hinojos en voz baja desde detrás de él-. Me gustaría que lo expresara con palabras.

Bosch volvió a sentarse y trató de pensar en una forma de explicarse, pero en última instancia negó con la cabeza.

– No puedo.

– Bueno, quiero que piense en eso. En su misión. ¿De qué se trata en realidad? Piénselo.

– ¿Cuál es su misión, doctora?

– No nos preocupa eso aquí.

– Claro que sí.

– Mire, detective, ésta es la única pregunta personal que voy a responderle. Estos diálogos no tratan de mí. Son sobre usted. Considero que mi misión es ayudar a los hombres y mujeres de este departamento. Ése es el objetivo directo. Y al hacerlo, en una escala mayor, ayudo a la comunidad, ayudo a la gente de esta ciudad. Cuanto mejores sean los policías que patrullan las calles, mejor estaremos todos. Todos estaremos más seguros. ¿Satisfecho?

– Eso está bien. Cuando piense en mi misión, ¿quiere que lo reduzca a un par de frases como ésas y las ensaye hasta el punto de que parezca que estoy leyendo la definición de un diccionario?

– Señor, eh, detective Bosch, si se empeña en ser ingenioso y polémico constantemente, no vamos a ir a ninguna parte, lo que significa que no va a recuperar su trabajo pronto. ¿Es eso lo que pretende?

Bosch levantó las manos. La psiquiatra miró al bloc que tenía en el escritorio y Bosch aprovechó que no lo miraba para estudiarla.

Carmen Hinojos tenía unas manos pequeñas que mantenía en el escritorio, delante de ella.



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