Ese lado de la isla, en cambio, era muy diferente. Había una única casa, propiedad del director ejecutivo de la línea de cruceros, un híbrido entre una choza con techo de paja y la finca de una plantación. La única persona en un radio de dos kilómetros era un criado. La población total de la isla: quizás unos treinta, todos empleados de la empresa de cruceros.

El yate apagó el motor y se acercó.

Terese Collins deslizó nariz abajo las gafas de sol Bolle y frunció el entrecejo. En tres semanas ninguna embarcación, excepto los enormes barcos de cruceros -que tenían nombres tan sutiles como Sensación, Éxtasis o Punto G-, había pasado por delante de su trozo de arena.

– ¿Le has dicho a alguien dónde estábamos? -preguntó Terese.

– No.

– Quizá sea John.

John era el antes mencionado director ejecutivo de la mencionada empresa de cruceros, un amigo de Terese.

– No lo creo -dijo Myron.

Myron había conocido a Terese Collins hacía, siendo generosos, unas tres semanas. Terese estaba «de vacaciones» de su empleo como presentadora de la CNN en el horario de máxima audiencia. Unos amigos bien intencionados les habían llevado casi a la fuerza a una fiesta de beneficencia y de inmediato se habían sentido atraídos el uno por el otro, como si su desgracia y dolor mutuos fuesen imanes. Comenzó como un poco más que un reto: déjalo todo y escapa. Desaparece con alguien que encuentras atractivo y apenas conoces. Ninguno de los dos se echó atrás, y doce horas más tarde estaban en Saint Maarten. Veinticuatro horas después, estaban ahí.

A Myron, un hombre que había dormido con un total de cuatro mujeres en toda su vida, que nunca había disfrutado con citas de una sola noche, ni siquiera en los días en que estaban de moda o claramente libres de cualquier enfermedad, que nunca había mantenido relaciones sexuales sólo por la sensación física, sin las anclas del amor o el compromiso, la decisión de huir le había parecido del todo correcta.



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