No le había dicho a nadie adónde iba o durante cuánto tiempo. Sobre todo porque él mismo no tenía ni idea. Había llamado a sus padres y les había dicho que no se preocupasen, algo equivalente a decirles que desarrollasen agallas y respirasen bajo el agua. Le había enviado a Esperanza un fax y le había dado poderes para administrar MB SportsReps, la agencia deportiva que ahora dirigían en sociedad. Ni siquiera había llamado a Win.

Terese lo miraba.

– Sabes quién es.

Myron no dijo nada. Se le aceleró el pulso.

El yate se acercó. Se abrió la puerta de la cabina en la proa, y como Myron se temía, Win apareció en cubierta. El pánico lo dejó sin aire. Win no era de los que hacían visitas casuales. Si estaba ahí, significaba que algo iba muy mal.

Myron se levantó. Aún estaba demasiado lejos para gritar, así que se limitó a levantar una mano. Win asintió con un gesto.

– Espera un segundo -dijo Terese-. ¿No es el tipo cuya familia es propietaria de Lock-Horne Securities?

– Sí.

– Le entrevisté una vez. Cuando el mercado se hundió. Tiene un nombre largo y pomposo.

– Windsor Horne Lockwood III -dijo Myron.

– Sí. Un tipo extraño.

Si ella supiese.

– Guapo como el que más -continuó Terese-, con ese estilo del dinero-rancio, club-de-campo, nacido-con-un-palo-de-golf-de-plata-en-las-ma- nos.

Como si la hubiese escuchado, Win se pasó una mano por los rizos rubios y sonrió.

– Vosotros dos tenéis algo en común -dijo Myron.

– ¿Qué?

– Ambos creéis que es guapo como el que más.

Terese observó el rostro de Myron.

– Vas a regresar.

Había una nota de aprensión en su voz.

– Win no hubiese venido por ningún otro motivo -asintió Myron.



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