
– Pensaba llamarte -dijo Myron con voz débil.
Win se mantuvo inmóvil.
– Pero sabía que si se presentaba algún problema, serías capaz de encontrarme.
Era verdad. Win podía encontrar la legendaria aguja en un pajar.
Win agitó una mano.
– Lo que tú digas.
– ¿A ver, qué pasa con Esperanza?
– Clu Haid.
El primer cliente de Myron, un lanzador diestro suplente en el ocaso de su carrera.
– ¿Qué pasa con él?
– Está muerto -respondió Win.
Myron sintió que las piernas le flaqueaban un poco. Se dejó caer en la tumbona.
– Le dispararon tres veces en su propia casa.
Myron bajó la cabeza.
– Creía que se había enderezado.
Win no dijo nada.
– ¿Qué tiene que ver Esperanza con esto?
Win consultó su reloj.
– Más o menos a esta hora con toda probabilidad la están arrestando por su asesinato.
– ¿Qué?
Una vez más. Win no dijo nada. Detestaba repetirse.
– ¿Creen que Esperanza lo mató?
– Me alegra ver que las vacaciones no han perjudicado tus agudos poderes de deducción.
Win volvió la cara hacia el sol.
– ¿Qué pruebas tienen?
– Para empezar, el arma asesina. Manchas de sangre. Fibras. ¿Tienes un protector solar?
– ¿Pero cómo…? -Myron observó el rostro de su amigo. Como siempre, no dejaba traslucir nada-. ¿Lo hizo?
– No tengo ni idea.
– ¿Se lo preguntaste?
– Esperanza no quiere hablar conmigo.
– ¿Qué?
– Tampoco quiere hablar contigo.
– No lo comprendo. Esperanza no mataría a nadie.
– Estás muy seguro de ello, ¿no?
Myron tragó saliva. Había creído que su reciente experiencia le ayudaría a comprender mejor a Win. Él también había matado. Es más, a menudo. Ahora que Myron había hecho lo mismo, creía que debería haber un nuevo vínculo. Pero no lo había. En realidad, todo lo contrario. La experiencia compartida estaba abriendo un nuevo abismo.
