Win consultó su reloj.

– ¿Por qué no vas a preparar la maleta?

– No tengo nada que necesite llevarme.

Win señaló hacia la casa. Terese estaba allí y los miraba en silencio.

– Entonces di adiós al culo de primera y pongámonos en marcha.

2

Terese se había puesto una bata. Se apoyó en el marco de la puerta y esperó.

Myron no sabía qué decir. Se decidió por un:

– Gracias.

Ella asintió.

– ¿Quieres venir? -preguntó Myron.

– No.

– No puedes quedarte aquí para siempre.

– ¿Por qué no?

Myron lo pensó un momento.

– ¿Sabes algo de boxeo?

Terese olisqueó el aire.

– ¿Detecto el claro olor de una metáfora deportiva?

– Eso me temo -dijo Myron.

– Uf. Continúa.

– Todo este asunto es como un combate de boxeo -comenzó Myron-. Hemos estado esquivando, retrocediendo, eludiendo e intentando mantenernos alejados de nuestro oponente. Pero sólo podemos hacerlo durante un tiempo. Al final tendremos que lanzar un puñetazo.

Terese hizo una mueca.

– Vaya, da pena.

– Una ocurrencia del momento.

– Y no muy acertada -añadió ella-. A ver qué te parece ésta.

Hemos probado el poder de nuestro oponente. Nos ha tumbado en la lona. De alguna manera conseguimos ponernos de pie. Pero nuestras piernas todavía son de goma, y nuestros ojos apenas si ven. Otro gran golpe y la pelea se acabará. Lo mejor será seguir bailando. Lo mejor es evitar que te peguen y esperar y mantener la distancia.

Difícil de rebatir.

Guardaron silencio.

– Si vienes a Nueva York, llámame y… -dijo Myron.

– Vale.

Silencio.

– Sabemos lo que pasará -continuó Terese-. Nos encontraremos para tomar una copa, quizá nos metamos en la cama, pero no será lo mismo. Estaríamos incómodos a más no poder. Fingiremos que nos volveremos a reunir, y ni siquiera nos mandaremos una felicitación de Navidad. No somos amantes, Myron. Ni siquiera amigos. No sé qué demonios somos, pero estoy agradecida.



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