Tardó unos instantes en recuperarse de la impresión y, cuando lo hizo, giró en redondo y echó a correr hacia el grupo de camisas pardas que había en la puerta. Habían terminado ya de golpear al hombre del abrigo negro y estaban charlando animadamente entre ellos, intercambiando risas y manotazos. Eric pudo ver que el segundo postulante llegaba a su lado y pronunciaba unas palabras al oído del que parecía de mayor edad. Éste dio un respingo y lanzó una mirada rápida en dirección a la mesa. A continuación apretó los labios y se dirigió, dando zancadas, hacia aquel sujeto empeñado en seguir escribiendo.

– Sé quien eres -gritó más que dijo al llegar a su altura-. Un día haremos un montón con todos tus libros y les prenderemos fuego…

Eric tragó saliva al escuchar aquellas palabras, pero el hombre continuó deslizando la pluma sobre el papel como si, ajeno a lo que sucedía, se encontrara inmerso en una calma total. Fue precisamente esa serenidad la que provocó una mayor irritación en su interlocutor. Con gesto rápido, sacó la porra de la cartuchera y la descargó contra la mesa de mármol.

El tañido de un centenar de campanas no le habría parecido a Eric más ensordecedor que aquel rotundo golpe único. De hecho, todos los presentes, a excepción de los camisas pardas y del camarero de los ojos azules, dieron un respingo, a la vez que contenían la respiración.

El hombre dejó la pluma sobre la mesa y a continuación se llevó, de manera sosegada, la diestra al bolsillo de la americana. Daba la impresión de que iba a buscar algo de dinero con el que calmar a los camisas pardas, y ese pensamiento infundió una cierta calma entre los presentes. Parecía que, al fin y a la postre, para bien de todos, entraba en razón. Esa misma certeza hizo que una sonrisa pegajosa aflorara en el rostro del jefe del grupo. Sin embargo, el silencioso hombre extrajo de su chaqueta, no un monedero, sino una cajita rectangular de terciopelo azul. La abrió parsimoniosamente y colocó la pluma en su interior. Luego volvió a guardar el estuche en la americana y se cruzó de brazos mientras miraba a los dos camisas pardas.



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