Un hombrecillo un tanto sobrado de peso escribía con una pluma de color corinto sobre un cuaderno de inmaculada blancura. El hecho en sí no habría tenido la mayor importancia de no ser porque el joven uniformado se encontraba ante él y agitaba cada vez con más fuerza la hucha. Ciertamente, aquel gordito debía de ser muy sordo o estar loco por completo.

– El movimiento nacional-socialista solicita su ayuda -dijo el muchacho de la alcancía, y Eric se dio cuenta de que habían sido las primeras palabras pronunciadas por alguien de aquel grupo. Hasta ese momento les había bastado con realizar gestos, con o sin porras, para lograr lo que deseaban.

Apenas acababa de pronunciar el joven la última palabra, el hombre levantó los ojos del papel. La suya fue una mirada totalmente exenta de temor. Por un instante, la posó sobre el muchacho y luego volvió a bajarla para continuar escribiendo.

La alcancía enmudeció a la vez que el muchacho de la camisa marrón enrojecía hasta la misma raíz de los cabellos. Hasta ese momento, todos los presentes se habían doblegado ante aquella petición independientemente de los deseos que tuvieran de hacerlo y ahora… ahora…

– ¿Sucede algo, Hans?

Eric miró de forma instintiva hacia el lugar del que procedía la voz. Se trataba del segundo postulante. Había abandonado el lugar donde estaba realizando su cuestación y, pasando bajo los elegantes arcos del café, se acercaba ahora con pasos acelerados a su camarada.

– ¿Sucede algo, Hans? -volvió a preguntar.

No respondió, pero tampoco fue necesario. La vista de su compañero se dirigió hacia el hombre que seguía escribiendo y entonces se detuvo en seco, igual que si se hubiera topado con un muro invisible.



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