El jefe de los camisas pardas avanzó un paso hacia la mesa y Eric cerró los ojos de forma instintiva, porque no deseaba ver cómo le partían la cabeza a aquel extraño cliente. Entonces un sonido agudo, tanto que parecía capaz de taladrar los tímpanos, rasgó el aire. Abrió los párpados y vio que los camisas pardas se habían quedado inmóviles. Hubiérase dicho que un brujo invisible había pronunciado un poderoso conjuro que los había congelado, convirtiéndolos en una simple fotografía de colores desvaídos a causa de la penumbra del local.

Eric parpadeó para asegurarse de que veía bien y no era víctima de alguna ilusión óptica. En ese mismo instante, aquel sonido, metálico e insoportablemente agudo, volvió a arañarle los oídos.

– ¡Es la poli! ¡Es la poli! -gritó uno de los camisas pardas más cercanos a la entrada del café.

– ¡Hay que darse el piro! ¡Rápido! -respondió el jefe del pelotón.

El rostro de Eric avanzó hasta casi golpearse contra las metálicas patas de la mesa en un intento de contemplar mejor aquella escena tan inesperada. Como si temieran que el cielo pudiera desplomarse sobre sus cabezas, los camisas pardas se apresuraron en llegar a la entrada y así evadirse de la acción de la policía. No debían de estar muy acostumbrados a llevar a cabo aquellas retiradas, porque provocaron una aglomeración en la puerta y, a continuación, comenzaron a repartirse patadas y manotazos para abrirse camino. Por un momento, dio la impresión de que no podrían salir pero, de repente, uno de ellos tropezó, cayó al exterior tan largo como era y todos los demás se vieron obligados a saltar sobre él para llegar a la calle.

Mientras notaba un insoportable dolor en las articulaciones, Eric se puso en pie, corrió hacia una de las ventanas situadas a su izquierda e intentó abarcar con la mirada el camino seguido por los fugitivos. Para sorpresa suya, pudo ver que, lejos de mantener algo que se pareciera mínimamente al orden, se habían desperdigado cada uno por su lado, intentando evitar la detención.



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