¿Cuántos policías llegaron tras aquellos dos pitidos inesperados? No sabría decirlo Eric, pero en cualquier caso estaba seguro de que eran menos que los camisas pardas y, a pesar de todo, éstos no les habían opuesto la menor resistencia. De hecho, corrían con tanta velocidad por la Herrengasse y las calles aledañas que prácticamente habían desaparecido de la vista.

Durante unos instantes, clientes y camareros se mantuvieron sumidos en un silencio absoluto, el mismo que se había creado mientras aquel hombre se permitía no entregar el menor donativo a los ahora huidos. Luego, como si se hubiera producido una extraña explosión, todos comenzaron a dar voces, a agitar los brazos y a intercambiar acaloradas impresiones sobre lo que acababan de vivir. Todos. Bueno, no, todos no. El hombre que había seguido escribiendo durante la primera parte del incidente se había puesto en pie y, tras cerrar su cuaderno y dejar unas monedas sobre la mesa de mármol blanco, había comenzado a caminar hacia la salida.

Si le hubieran preguntado la razón, Eric no habría sabido darla pero, de repente, sintió una imperiosa necesidad de hablar con aquel extraño personaje. Buscó con la mirada el lugar donde había depositado su maleta al entrar en el café y comprobó con alivio que allí seguía, como si estuviera esperándole, tranquila y adormilada. Se aproximó a ella, la agarró, la levantó de un tirón y apretó el paso hacia la salida.

No llegó. El camarero calvo se cruzó en su camino y, mientras se llevaba la diestra al bigote, le dijo con la excepcional cortesía de los vieneses que trabajan en su gremio:

– Servus, su consumición…

Eric sintió que enrojecía hasta la raíz del cabello. No había tenido la menor intención de marcharse sin pagar. Simplemente, es que se le había olvidado con todo aquel jaleo.



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