Eric se pasó la maleta a la mano izquierda y comprobó que tenía la palma de la derecha surcada por marcas rojizas. Se la frotó contra el muslo y continuó caminando. A esas alturas de la persecución, ya no le dolía sólo el costado, sino también las dos manos, las piernas y la espalda. Hubiera deseado descansar pero no podía permitírselo. No, después de haber caminado tanto. ¡Maldita sea! ¡Estaba doblando otra esquina!

Mientras el dolor del costado le subía hasta el pecho, Eric volvió a forzar su cansado paso. No estaba seguro pero… pero parecía que también su perseguido había acelerado la marcha. ¡Por Dios! ¡Otra esquina, no! ¿Cómo podía haber tantas esquinas en Viena?

Tardó apenas unos segundos en alcanzarla pero, cuando miró la calle, descubrió que el hombre había desaparecido. Una pesada nube de desaliento descendió sobre Eric al percatarse de que el objeto de su persecución se había desvanecido igual que si se lo hubiera tragado la tierra. Boqueando, caminó una docena de pasos más pero siguió sin distinguir a la gruesa figura. Entonces escuchó a sus espaldas una voz que, teñida de tranquilidad, decía:

– ¿Se puede saber por qué me andas siguiendo?

III

Eric se volvió con un respingo similar al que habría dado si le hubieran aplicado una corriente eléctrica. A un par de metros de él se encontraba el hombre al que llevaba persiguiendo más de un cuarto de hora. Si se encontraba nervioso o molesto, fuerza era reconocer que no lo aparentaba. En realidad, el hecho de que sujetara con la mano izquierda un cucurucho y llevara en la diestra una manzana roja que no dejaba de mordisquear le confería un aspecto de notable indiferencia. Volvió a clavar los dientes en la fruta, masticó con parsimonia, tragó y dijo:



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