
– Sí, claro -balbuceó-. Tiene usted toda la razón. ¿Qué le debo?
El camarero calvo dijo una cantidad que Eric rebuscó todo lo deprisa que pudo en sus bolsillos, a la vez que miraba por la ventana para asegurarse de que no perdía la pista del hombre. Cuando, finalmente, logró salir a la calle, ya se había convertido en un punto lejano a punto de doblar una esquina.
Apretó el paso con la intención de acortar la distancia. No tardó en darse cuenta de que no era todo lo fuerte que habría deseado, de que la maleta pesaba mucho más de lo que recordaba y de que el costado comenzaba a dolerle.
Dobló la esquina por la que acababa de desaparecer el hombre y entonces pudo verlo con nitidez a una decena escasa de metros. Se había detenido ante unos cajones de libros situados en la acera. Con gesto de interés, ojeaba uno de los ejemplares. Visto de perfil, se notaba que su abdomen, ceñido con un chaleco rojo, era demasiado voluminoso para su estatura, y que su coronilla había comenzado a clarear. Precisamente, esa ligera gordura y esa calvicie incipiente le conferían un aspecto de sorprendente serenidad. Sí, no parecía muy inquieto a pesar de todo lo que había sucedido.
Eric habría podido alcanzarlo, saludarlo y entablar conversación con él. Sin embargo, en esos momentos se apoderó de todo su ser una insoportable sensación de timidez. De repente, le pareció que lo que estaba haciendo no era del todo lícito, que no tenía ninguna razón para dirigirse a aquel hombre y que, sobre todo, corría el riesgo de que éste le dijera que debía meterse en sus asuntos. A punto estaba de desistir, cuando su perseguido depositó el libro en el cajón del que lo había tomado y reemprendió la marcha. El que se pusiera nuevamente en movimiento y Eric sintiera la necesidad de alcanzarlo fue todo uno.
Lo siguió durante un centenar de metros más hasta que dobló otra esquina. Eric apretó de nuevo el paso y, para alivio suyo, volvió a localizarlo. Estaba ahora detenido ante un comercio donde compró algo que parecía un cartucho de papel. Sí, eso debía de ser, porque había sacado algo del cucurucho y había comenzado a comérselo.
