Corría el mes de septiembre cuando Juan Licerán, al que los obreros libres y penados comenzaban a llamar con respeto «señor Licerán», acompañó al señor Banús a la cárcel de Ocaña a por una remesa de presos que trabajara en la obra. Licerán contaba con un maestro cantero, Colás, de Murcia, que era un portento. Había luchado con la República pero fue avalado por un guardia civil al que su familia había ayudado cuando quedó, siendo un crío, huérfano de padre. Aquello permitió a Licerán llevarlo a trabajar con él a Cuelgamuros y no le había dado motivos de queja. Tenía unas manos extraordinarias para trabajar la piedra y labraba en relieve como nadie, por lo que Licerán le tenía en alta estima. Era un hombre noble que no hablaba apenas y trabajaba mucho. Los obreros como Licerán y Berruezo escaseaban tras la guerra y se necesitaba como nunca mano de obra cualificada así que, trabajando bien y sin meterse en líos, podían salir adelante. Era duro y muy triste bajar la cabeza, humillar la cerviz y olvidar aquel sueño que había sido la República, pero en aquellos días se luchaba tan sólo por sobrevivir. A eso se había llegado. Curiosamente, cuando Berruezo supo que Licerán y Banús iban a Ocaña a por mano de obra reclusa, se acercó con disimulo al capataz y le hizo una petición: allí penaba un conocido suyo, un tal Juan Antonio Tornell que había llegado a teniente en el Ejército de la República y que era hombre cabal. Le pidió que intentara llevarlo a Cuelgamuros diciéndole que no se arrepentiría. Licerán, sin dar lugar a que siguiera rogando, le contestó sin más: «Descuida, está hecho».

Cuando Banús y su capataz llegaron al patio de la prisión, acompañados por un oficial del ejército y un guardián, hicieron formar a los presos.



13 из 263