Licerán ya estaba allí con sus patronos el día en que el sátrapa hizo estallar el primer barreno. Fue el primero de abril del año 40 y se dijo que en un año el monumento estaría terminado. Ilusos. Tres empresas se encargaban de las obras: San Román, que debía encargarse de abrir una cripta en la roca viva a base de explosiones, ya que aquel granito era de una dureza incomparable; Molán, que debía hacerse cargo de levantar un monasterio anexo a la cripta; y la constructora de los hermanos José y Juan Banús, que debía encargarse de construir una carretera que permitiera llegar al complejo a la mayor cantidad de visitantes posible. Licerán, aun trabajando para los Banús, era requerido igual en la cripta que en el monasterio o en la carretera, por ser veterano, y le preguntaban su parecer sobre muchos aspectos técnicos relacionados con la construcción. Aquello le permitía moverse arriba y abajo, y saber quizá mejor que nadie lo que pasaba allí. Al poco pareció evidente que las obras no avanzaban al ritmo que se deseaba. Había pasado un año y de inauguración, nada. Apenas se había progresado un poco en excavar algunos metros de cripta en la roca. El Régimen comenzó a impacientarse y poco a poco se fue dando más y más prioridad al proyecto. A Juan Licerán, en el fondo, le parecía inmoral que se dedicaran tantos recursos a algo como aquello cuando en España había hambre y un déficit de infraestructuras tremendo, pero aquel monumento tenía un gran valor simbólico para Franco y su palabra era ley. Aproximadamente en la primavera del 43 se decidió que había que apoyar aquello con mano de obra reclusa. Los Banús -como otros muchos empresarios- se aprovecharon sin dudarlo de aquella situación, pues las cárceles estaban llenas de presos locos por salir y ganarse la vida como fuera y ellos necesitaban mano de obra de manera urgente. Los batallones de trabajadores no eran lo que se decía un paraíso pero las cárceles eran horrendas, mucho peor, estaban atestadas y los presos caían como moscas a causa de la desnutrición y las enfermedades. Salir a trabajar al exterior permitía reducir la condena y, al menos, aseguraba alejarse de las prisiones y los campos de concentración, así que eran muchos los penados que solicitaban ir a trabajar pese a que se les explotara descaradamente.



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