
– Donjuán -mintió Licerán cuando su jefe se puso a su altura-, este hombre es de ley. Necesitamos gente de confianza. Quizá no esté en buen estado pero es un cantero de primera, un gran trabajador con mucha experiencia.
Banús se paró sin volverse. Fue entonces cuando el desconocido, con una voz fuerte y grave, sorprendente en un fulano que se halla a un paso de la muerte, espetó:
– No se arrepentirá, señor. Trabajaré como cinco hombres. Lo juro.
Banús miró sonriendo a su encargado y continuando su camino, dijo:
– Tú eres el capataz y tú decides. Ya sabrás lo que haces…
– Yo lo fío -aseguró Licerán sabiendo que no había logrado engañar a su jefe.
Se hizo un silencio.
– Este preso… -dijo Banús dirigiéndose al capitán que parecía al mando de aquello- ¿puede salir a redimir su pena?
– Tenía pena de muerte pero se le conmutó por perpetua. Como a tantos otros. Está dentro de lo permitido, sí -contestó el oficial, un tipo regordete y con voz de pito.
– Sea -dijo Banús dando por cerrado el asunto con cierta indolencia.
Entonces, Licerán y aquel despojo humano en que se había convertido el preso, se miraron y suspiraron de alivio.
Capítulo 3. El asesino del puerto
En el camino de vuelta a Cuelgamuros, Licerán tuvo ocasión de conocer algo mejor al hombre que tan vehementemente había fiado Berruezo. Como Tornell se hallaba en tan mal estado, Licerán le hizo viajar dentro de la cabina junto al conductor y a él mismo, mientras que el resto de los presos se agolpaban en la parte trasera del vehículo.
