
– Me contó Berruezo que fuiste policía -dijo Licerán más por vencer el tedio del viaje que por otra cosa.
El conductor, un joven soldado algo alelado, de Lugo, iba a lo suyo, con la mirada perdida en la carretera.
– Sí -contestó el preso-. En Barcelona. Antes de la guerra.
– ¿Y se te daba bien?
Juan Antonio Tornell esbozó una sonrisa que al capataz le pareció amarga y melancólica.
– Podemos decir que sí. Tuve algún que otro caso que llamó la atención. Ya sabe usted, en este país el vulgo gusta en exceso de las noticias truculentas.
– Bueno, bueno -terció Licerán a modo de disculpa-. Yo mismo soy muy aficionado a leer novelas policíacas. No soy hombre instruido pero me gusta jugar a adivinar quién es el culpable. Quizá hubiera hecho un buen policía.
– Sí, quizá.
– ¿Y qué casos de relumbrón investigaste?
Tornell puso cara de hacer memoria, como el que tiene mucho vivido, y contestó:
– Creo que… sin duda el que más repercusión tuvo fue el del «asesino del puerto».
– ¡Coño! El del tipo ese que mataba prostitutas. ¡Claro que lo recuerdo! Lo leí en la prensa… ¡El asesino del puerto! -exclamó el capataz ladeando la cabeza y con cara de admiración-. Y tú eres el tipo que logró cazarlo. Ahora recuerdo, ¡claro! Rediez, Tornell, si eras una celebridad.
– Tanto como eso…
– Eso debió de ser por el año treinta y…
– Dos, fue en el treinta y dos. Lo cacé el 4 de marzo de 1932.
– Cuenta, cuenta, Tornell, ¿cómo lo hiciste?
– Si la prensa lo contó todo con detalle, señor Licerán, a estas alturas debe usted de conocer los pormenores.
– Sí, sí, pero hace tiempo y no lo recuerdo todo; además, me gustaría saberlo de primera mano, ya sabes, nada menos que contado por el policía que lo capturó.
Juan Antonio Tornell puso cara de pocos amigos pero aquel tipo acababa de sacarle del infierno. No podía negarse, así que, como el que cuenta algo que ha relatado más de mil veces, comenzó el relato:
