Tras la toma de El Campillo se les había asignado el asalto de una pequeña zona alomada cercana a La Muela, situada al otro extremo del barranco que llamaban de Barrachina. La caída de Teruel era inminente y se hacía evidente que los sitiados no podrían mantener por mucho tiempo sus posiciones. Pero Cuaresma, avezado militar, temía que los nacionales estuvieran logrando aguantar lo suficiente como para asegurar que el contraataque de Franco fuera, como siempre, fulminante. Había conocido bien al maldito petimetre en la Academia General Militar y luego había tenido la desgracia de coincidir con él en África. Aquel enano de voz repelente nunca había sido santo de su devoción. Lo conocía a la perfección y sabía que, hasta aquel momento, su comportamiento en todos los enfrentamientos -quitando el avance de las columnas desde el sur y el transporte de tropas por vía aérea en los que sí estuvo brillante- se había ceñido al mismo guión: ataque brutal y sorpresivo por parte republicana, recomposición fascista y contraataque con victoria final para Franco. El comandante en jefe de los rebeldes no era un tipo brillante, sólo paciente. Lo que más le dolía era que aquella panda de ineptos que dirigía el Ejército de la República no aprendía, y aquello llevaba camino de convertirse en una segura derrota. La implantación de la más absoluta de las disciplinas se hacía imprescindible o iban al desastre. A veces tenía la sensación de que sólo él lo notaba. No se arrepentía de haber tomado partido por la República, en absoluto. Y estaba dispuesto a dar su vida por luchar contra el fascismo, pero tenía que reconocer que tanta tontería, tanta gaita, acababan por minarle a uno la moral. Cuando todo comenzó, en Barcelona, él era el más ilusionado. Pero, poco a poco, la inexorable realidad le había ido colocando ante el inevitable y crudo destino. Quizá influía el cariz que habían tomado las cosas, claro. Igual, de ir ganando la guerra, lo vería todo de otro color, pero las cosas eran como eran y punto.


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